
El desierto. Luces silenciosas y voces ausentes. Se puede estar tan sola... Personajes irrelevantes, si no fuera porque llevan a la introspección. Pesadilla capaz de plasmar en una angustiosa derivación de situaciones a veces absurdas la incontestable verdad de una tiranía emocional. Si aún de lejos, una lejanía física al menos, se sienten sus efectos. Está cambiando la inclinación del eje y la nueva incidencia de los rayos arroja luces sobre nociones dormidas o continuamente negadas o infantilmente temidas. Verme de pronto desnuda, de repente fotografiada sin retoques, sin biombos, sin siquiera un rincón donde esconderme. Podría ser la víspera de un gran salto a otra concepción de mí misma, de la vida, de las eternas preguntas, del amor. Podría ser sólo un hito, un intento, un respiro, para hundirme de nuevo en la farsa de quien he creído ser. De esa romántica visión de una yo generosa, civilizada, poseedora de una cierta sabiduría.
La noche. Sonidos melancólicos y atmósfera de intimidad que arropa. Se puede estar tan sola... Se afianza la certeza de no pertenecer, de no tener el mismo origen. Lo cotidiano, lo conocido se siente extraño. Como si en verdad fuera de otro mundo. Buscando la serenidad, se detiene un instante el flujo de la mente y, a los pocos segundos, surgen las preguntas: ¿Cómo puedo hacer para convertirme en otra persona? ¿Cómo puedo amarme tanto? No sé resignarme. Es preciso hallar la clave. Es indispensable que este dolor produzca claridad, que no persista esta noche interminable, que no se prolongue esta terrible equivocación. ¿Será la primera alborada? ¿Naceré? Se superponen los eventos, los rostros, las palabras que me traen a este delta. Demasiadas ramificaciones, incontables vertientes, sólo la correcta llega al mar. Ese esquivo mar del amor.
15-11-05
11:55 p.m.