Ya no amanece, diosa,
sin el desayuno de su voz.
No existe el día
sin la noción de que usted es.
El tiempo parece detenerse
en su ausencia.
La gravedad la ejerce usted.
Es la luz, el oxígeno, el agua.
La energía vital, el prana.
No puedo prescindir de su alma.
Y tampoco puedo
-¡ah, pecado inconfesable!-
prescindir de su piel.
15 abril 2005
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